El viaje fue largo, eso lo sabía, pero lo que no sabía era lo rápido que iba a pasar. El sábado 1 de Octubre cerraba la puerta de mi habitación en Madrid, "'¡nos vemos pronto!", y en el aeropuerto cogía mi primer vuelo hacia el Nuevo Mundo. Barajas - Madrid lo dormí prácticamente entero, y al llegar a Dubai a penas tuve tiempo de ver el aeropuerto. De nuevo en el avión, destemplada y tapada hasta la barbilla, volví a quedarme dormida como un tronco, y es que lo más duro estaba por llegar ¡Bangkok! Después de seis y siete horas de vuelos, qué mejor que ocho horas de escala para descansar del avión. Con el macuto a cuestas, el cual, evidentemente, duplicaba los supuestos siete kilos permitidos por la compañía, recorrí cada pasillo de este fantástico y moderno aeropuerto de Tailandia. Aproveché para cambiar mis euros por dólares australianos y, ya que estaba, me di el capricho de cambiar un poco también para desayunar. Al final, ese café se convirtió en una hora de descanso con un buen desayuno continental, un masaje Thai de 45 minutos y un sin fin de horas de shopping en busca de una buena pashmina para luchar contra el frío en el último trayecto.
¡Conseguido! Dos días después, sí, pero el avión llegó a su hora y la maleta salió sin problemas. Mis compañeros del último viaje, un simpático chico español que volvía a Sydney para terminar su curso y una chica italiana, algo perdida, que se reunía con su novio nada más cruzar la puerta de salida, y yo, pasamos por el control policial, declaramos que no llevábamos nada de su particular interés en el equipaje ¡y por fin libre! ¡y en Sdney nada más y nada menos!
Entre abrazos y bienvenidas de parejas y familias que, intuyo, llevaban mucho tiempo sin verse, yo no conseguía encontrar a Libor, mi pick-up guy. Para darle más emoción, tampoco pude contactar con él con mi teléfono español así que aproveché para activar mi tarjeta australiana allí mismo. ¡Encantadora bienvenida la de Libor! Sonriente y con un sincero "no worries" al tratar de disculparme por hacerle esperar, fuimos directos a mi primera casa australiana, en Banksia. ¿Habíais oído hablar de Banksia? Yo no. Hasta que llegué aquí. Y os preguntaréis ¿qué tiene de emocionante Banksia? ¡Mi casa! ¡Somos doce! ¡Gente fantástica!
¿Qué os parece? Junto a la cama hay un armario y un espejo vertical fantástico. A parte eso, nada. No había muchos metros que decorar, ¡así que fue fácil!
Como llegué temprano y conincidió que era fiesta nacional, mis compañeros estaban casi todos durmiendo. Me arreglé, me miré al espejo y me di cuenta de que empezaba mi nueva vida.
Un fantástico chico de logroño que había llegado a Sydney un par de semanas antes se había ofrecido a eseñarme el centro a mi llegada, así que le llamé y me presenté de buena gana a mi ciudad anfitriona. ¡Se portó de fábula! Buen tiempo, el aire fresco, ¡pero lucía un sol fantástico!, y buena gente. ¡Es cierto! ¡Todo el mundo es increíblemente amable! Un compañero de casa me acompañó a coger el tren, habíamos quedado en Town Hall. Llegué un poco pronto, así que al bajar en mi parada salí a descubrir la ciudad. ¡Aquí estoy Sydney!
Ya juntos, recorrimos George's street hasta Darling Harbour. Justo en la calle paralela está la oficina de Information Planet, donde debía ir al día siguiente, así que pasamos por allí antes para saber dónde dirigirme por la mañana. "¿Dónde quieres ir?" "¡A la Opera House!" Aquel fue el momento señores... Nos íbamos acercando al espectacular edificio blanco, con el Harbour Bridge de telón de fondo y ferries cruzando la bahía. This is Sydney!
¿Veis el paseo de la izquierda con las mesas y la gente sentada? Ahí estábamos nosotros unos minutos después, disfrutando de una cerveza fría y brindando por mi llegada. A partir de ahí el tour fue completo. Con explicación de cada lugar, los supermercados caros y los más asequibles, historias de su llegada... Sobre las cinco o las seis hicimos una parada para comer y acabamos comprando unos buñuelos en China Town. ¡Eternamente agradecida por la visita guiada!
Rendida por el viaje y la emoción, me quedé dormida en el tren de vuelta y me desperté a varias paradas de Banksia. Un par de bolsas con compras para desayunar al día siguiente y ráfagas de aire ahora más frío fueron mis únicos acompañantes los 20 minutos que me tocó esperar al siguiente tren. ¡No habría sido un día completo si no me hubiese dormido volviendo a casa como siempre!
¡Y eso es todo, amigos! Espero poder hacerme con esta ciudad pronto. ¡Hay tanto por hacer que una no sabe por dónde empezar! De momento Bondi Beach me espera, en busca de una nueva habitación y un trabajo con el que poder recorrer cada rincón de este mágico país. ¡Al menos lo que me de tiempo!
¡Os seguiré contando cómo sigue la vida al otro lado del Mundo!
Keep in touch!
xoxoxo
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